Los leprosos gritan desde lejos, piden compasión. No podían acercarse a Jesús porque no podían acercarse a nadie. Vivían su tragedia entre ellos, al margen del mundo, lejos de todo.
¿Qué era para ellos recibir compasión? Seguramente un poco de comida o algún abrigo. Pero la respuesta de Jesús es sorprendente: les dice que vayan a presentarse a los sacerdotes. Se los dice a ellos, que no podían entrar en la ciudad, ni menos aún en el Templo. Sólo los pocos que se curaban debían ir a la ciudad y la Ley mandaba que antes de ponerse en contacto con la sociedad tenían que ir al sacerdote para que éste certificara la curación. En ese momento debían pagar, dejar una ofrenda por su purificación, si habían sido leprosos era porque ellos o sus padres habían pecado.
Pero Jesús simplemente les dice que vayan, a pesar de estar enfermos. No sólo no les daba comida ni abrigo sino que los mandaba hacia algo imposible.
Entonces sobreviene la otra sorpresa: ellos se ponen en camino. Actúan como si ya estuvieran curados y es eso lo que los cura.
Uno vuelve. Viene a dar gracias a Jesús y el Señor se sorprende. ¿Y los otros? Sólo uno ha comprendido que ya no importan la Ley, ni el Templo con sus sacerdotes. Ahora el Templo y la Ley están en otra parte y hacia ahí se dirige.
“Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias”
Ya no hay nada que pagar, solamente alabar a Dios y dar gracias.
«Levántate y vete, tu fe te ha salvado.»
Lucas 17, 11-19

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