¿Vamos a pescar? Esta pregunta de apariencia trivial se convierte en inmensa si es pronunciada por Pedro poco después de la muerte y la resurrección de Jesús. La vida cotidiana sigue su curso. Lo han escuchado y seguido a todas partes durante tres años, lo han visto muerto y después resucitado. Pedro debe sentir que desde que aquel día que dejó las redes y la barca por seguirlo, un huracán había pasado por su vida. Hasta lo había visto resucitado. ¿Y ahora? Ahora se van a pescar. No es un paseo, es ir a ganarse la vida. Esa vida siempre empecinada en seguir adelante aunque uno haya visto morir y resucitar a alguien.
Mientras tanto en la orilla otra escena de todos los días: un hombre prepara fuego y pone sobre él un pescado. Sus manos, con cicatrices, ¡esas manos!, vuelven a hacer lo mismo: meterse en la vida cotidiana de quienes ama. Está preparando la comida para ellos, pero se pone en el lugar del que está necesitado: “Muchachos, ¿tienen pescado?” Grita desde la costa.“¡Es el Señor!”. La vida sigue.
Jn 21,1-14

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